Mis miedos son el resultado de toda la trayectoria artística que he tenido así como de mis recuerdos, preocupaciones y las no-nostalgias. Pero, lo más importante, es que mis miedos son juego y diversión, experimentación con materiales y la sensación de calidez de la infancia, donde crear arte era divertido y no había expectativas técnicas sino más bien el crear por el crear, porque coger las pinturas era un modo más de juego y el resultado era lo de menos.
Mis miedo tienen nariz, piensan y sienten y me reconocen y yo les reconozco a ellos. Desde que recuerdo siempre han estado ahí, y ellos también lo recuerdan así. No sé si los creé yo o me los crearon, si vinieron o me encontraron por casualidad, y los estuve rechazando durante tanto tiempo que ahora siento que tengo que pedirles perdón por no haberlos querido como ellos me quieren a mí. No tienen vergüenza ni calendarios, pero se acuerdan de las fechas importantes. Al principio tenían ojitos y brazos, pero me di cuenta de que los miedos no necesitan tocar ni ver nada para existir, sino que son plenamente sensoriales a otro nivel como es el olfativo, ya que los olores son el medio más eficaz para evocar recuerdos y personas y lugares. Sus narices son triangulares y cálidas, y su dimensión es desconocida: tienen principio pero no tienen fin. Hay multitud de preguntas en torno a ellos de las que yo no tengo respuesta, como si son opacos o transparentes, si duermen con la luz encendida o apagada o si simplemente duermen. No sé si son capaces de morir o si se heredan, de si son capaces de regresar sobre sus pasos si se pierden, porque ni siquiera sé si pueden dar pasos como tal. Cada vez que intento responder a una de estas preguntas, ellos me plantean cinco más.
Los miedos son experimento, son juego, son infancia y son sensoriales, por eso hay tantas texturas y colores y formas, tantas como miedos hay. Este proyecto me ha ayudado a aceptar mis miedos y que formen parte de mí, porque sólo se entiende lo que se conoce, así que quiero saber todo de ellos ya que ellos saben todo de mí. Saben dónde vivo, dónde como y dónde duermo, y no juzgan ni te intentan cambiar, sino que te advierten y te cuidan. Son juguetones y traviesos y se esconden donde no te imaginas, a veces te sorprenden en un día soleado o a veces se acurrucan si está lloviendo fuera. Para mí, los miedos son casa y refugio.